Por primera vez en más de dos décadas, el partido de Evo Morales quedó reducido a la irrelevancia electoral. En las elecciones del 17 de agosto, Bolivia vivió un terremoto político: la derrota histórica del Movimiento al Socialismo (MAS) y el sorpresivo ascenso del Partido Demócrata Cristiano (PDC), liderado por Rodrigo Paz y su joven vicepresidente Edman Lara, un outsider que encarnó el discurso de la “nueva política”.
El contexto no podía ser más crítico: crisis económica, corrupción, inseguridad y un país exhausto tras años de desencanto. La exclusión judicial de Evo Morales, que pidió a sus seguidores votar en nulo —lo que alcanzó un inédito 19,8%—, y la inhabilitación del outsider libertario Jaime Dunn, dejaron a buena parte del electorado sin referentes claros. Ese vacío, en un país al borde del colapso, se convirtió en el espacio que capitalizó el PDC.
El MAS, que gobernó Bolivia durante más de 20 años, obtuvo apenas un 3,1%: un desplome comparable al hundimiento del PRI en México en el 2000 o del Partido Colorado en Paraguay en 2008. La derrota no solo marca el fin de un ciclo de hegemonía, sino que abre un periodo de incertidumbre en el que ninguna fuerza política tiene control absoluto.
Las encuestas habían pronosticado que el empresario Samuel Doria Medina sería el favorito, pero terminó en cuarto lugar (19,6%). Su falta de militancia, ideología y estructura partidista explica por qué su votación se diluyó rápidamente. En contraste, la alianza de derecha encabezada por Jorge Quiroga y JP Velasco sorprendió al alcanzar un 26,7%, con un discurso liberal inspirado en Javier Milei y apoyos urbanos y de clase media.
La verdadera sorpresa fue el PDC, que canalizó tanto el voto de sectores tradicionales del MAS como el descontento popular con la “vieja política”. Edman Lara, con un estilo provocador y directo, conectó con un electorado agotado. El resultado refleja que amplias zonas del occidente boliviano —tradicional bastión del MAS— migraron hacia el centro, mientras que el oriente se consolidó como el espacio de la derecha opositora.
El mapa electoral deja a Bolivia en un multipartidismo fragmentado, con una segunda vuelta marcada por dos interrogantes decisivas: ¿se consolidará el PDC como el heredero de un voto popular que antes pertenecía a Evo Morales? ¿O la polarización entre voto “anti-MAS” y voto “ex-MAS” terminará definiendo quién gobernará un país atrapado en una crisis multifacética? Todavía no lo sabemos, pero sí se puede anunciar que Bolivia entró en un nuevo periodo político.
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